Este último razonamiento nos lleva, para finalizar, a detenernos en la lectura como placer. Y para abordarla desde esta perspectiva se hace necesario recordar esta anécdota.

 

Cuenta un afamado escritor cubano que su interés por la lectura, la literatura y los libros lo incentivó, en sus años de bachillerato habanero, un profesor muy teatral que un buen día les contó con todo lujo de detalles la historia de un viajero que, tras un largo período de ausencia, regresa al hogar. Nadie lo reconoció excepto su propio perro. La historia así contada le fascinó y salió en busca del libro que, por supuesto, no era otro que la Odisea y así se produjo su maravilloso encuentro con esta obra clásica de todos los tiempos.

 

Sobre las bondades de la lectura se ha dicho y se ha escrito mucho. Sobre la importancia ética y la necesidad de la lectura como componente básico del proceso de formación de los seres humanos, la escuela ha erigido su discurso pedagógico. La enseñanza de la lectura y de la literatura ha recorrido un camino más asociado a la obligación y a la imposición que vinculado al placer y al disfrute y al deleite del encuentro con el libro en soledad.

 

La práctica profesional después de tantos años de ejercicio ininterrumpido nos dice que es necesario desde la actividad docente más que imponer la lectura, contagiarla, para que ella sea alegría, goce del descubrimiento, encuentro fascinante con la palabra, con otros seres y otras tierras lejanas o próximas en el tiempo y en el espacio, viaje en el que compartimos, mediados por la palabra, por el texto, ideas, aspiraciones, creencias, valores, cosmovisiones del mundo; y desde donde, cada acto de lectura sea, invitación a la reflexión y al conocimiento del otro –de los otros y de uno mismo.

 

Cierto es que es muy difícil enseñar a leer; pero también es muy cierto que es mucho más fácil mostrar y compartir con los demás cómo uno lee. Y es que leer bien será siempre –incluso en los actuales tiempos de INTERNET- uno de los mayores placeres que podemos experimentar los seres humanos, porque la lectura nos vuelve y nos envuelve sobre nosotros mismos y sobre la otredad del universo, nos permite comprender mucho mejor al hombre que nos rodea y al que somos; bucear en los límites, en las complejidades de la vida misma. La buena lectura sirve para prepararnos para los continuos cambios que debemos asumir y para comprender mejor los diversos rostros que muestran los hombres en su lento paso por la vida. La lectura de las buenas obras clásicas nos entrenan en la escucha atenta de los profundos latidos de la vida del mundo, nos permiten comprender la causa de la transgresión de los límites, nos aguzan los oídos y nos afincan la visión y nos hacen, cada vez más sensibles a los diversos problemas humanos.

 

 

Para finalizar, volvemos a retomar la pregunta: ¿Por qué es necesario plantearnos la lectura desde el placer, desde el goce, desde el descubrimiento y el encuentro? ¿Por qué es necesario que una y otra vez volvamos a leer los clásicos de la literatura de todos los tiempos? Porque la buena literatura es un conjunto de imágenes e ideas, de tramas y de argumentos que mueven a la sensibilidad y a la inteligencia. La buena literatura, a diferencia de la ciencia y de la técnica, es una experiencia vicaria, compartida, es uno de esos denominadores comunes de la experiencia humana gracias a la cual nos reconocemos pertenecientes a una misma tradición.

 

La lectura de las obras de Cervantes o de Shakespeare, del Dante o de Dostoievsky, de Pablo Neruda, de César Vallejo o de Nicolás Guillén, nos hacen comprender mejor la naturaleza humana y social, nos permiten sentimos miembros de una misma especie; porque leyendo las obras que ellos crearon aprendimos aquello que compartimos como seres humanos, lo que permanece en todos nosotros por debajo del amplio abanico de las diferencias que nos pueden separar.

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